Hacia la construcción del reglamento a la ley orgánica

Propuestas de cuerpos colegiados

Propuesta de historia

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Consejo Académico General de la Dirección de Estudios

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Propuesta de la academia de historia

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Reglamento del consejo de especialidad en Historia

Propuesta de antropología y etnología

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Propuesta de antropología

Documentos previos

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Propuesta de consejos

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Propuesta de consejos (articulado)

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Propuesta de consejos (presentación)

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4 Responses to “Hacia la construcción del reglamento a la ley orgánica”

  1. Cuauhtémoc Velasco noviembre 23, 2010 at 12:38 am

    Estimados compañeros de la delegación:
    La propuesta para la formación de una academia de historia, surge de dos fuentes:
    1) Una reunión de historiadores de todos los centros regionales que se realizó en marzo de 2009 en donde se señalaron la multitud de problemas que enfrentan los compañeros que se encuentran en esos centros, especialmente el aislamiento, la falta de apoyos y la necesidad de contar con un aval académico de sus proyectos.
    2) La discusión sindical en comisiones del Reglamento de la Ley Orgánica del INAH, misma que prevé la formación de Consejos de Área, incluso de investigación, y en donde uno de los problemas ha sido que desde 1988 la SEP rechazó la elección de los consejeros a través de los órganos de representación sindical, y por ello se debía buscar una manera para generar instancias académicas amplias que sirvieran de base para la elección de representantes a los cuerpos colegiados previstos en la propia ley.
    La Comisión que se formó entre historiadores para resolver el primer punto, ha estado en contacto con quienes hemos estado en la discusión sobre Reglamento de la Ley Orgánica y hace algunos meses se generó la propuesta de creación de una Academia de Historia y un consejo de esa especialidad.
    Correspondientemente con las dos fuentes de su origen, esa propuesta en primer lugar intenta resolver los problemas que tienen los historiadores en las distintas dependencias del INAH, al tiempo que busca contribuir a crear instancias académicas de decisión dentro de la estructura del INAH, toda vez que desde hace bastante tiempo hemos sufrido la toma de decisiones a partir de criterios políticos o administrativos en las distintas áreas de acción institucional. Las instancias sindicales, señaladamente la Comisión de Patrimonio y Legislación, han servido para denunciar y frenar una serie de actos y omisiones de las autoridades en relación a la conservación del patrimonio, a la falta de apoyo a los proyectos, a cuestiones editoriales, etc. etc. Tenemos una reglamentación administrativa profusa y confusa, pero en lo que toca a la organización académica, es evidente que desde 1985 hace falta un Reglamento de Ley Orgánica que formalice la creación de órganos que hagan prevalecer los criterios académicos, formados por representantes de las distintas especialidades, mismos que pueden ser revocados en sus cargos por la misma base de los académicos que los eligieron.
    Estas son algunas de las ideas de base que están en los documentos formulados por los compañeros comisionados. La lectura plena y sin prejuicios de esos documentos (que están disponibles en la página del sindicato en la sección sobre “cuerpos colegiados”), debe ser la base para las reuniones de este diciembre.
    Comparto las preocupaciones de fondo de Carlos García Mora, pero creo que hay una mala interpretación de la propuesta:
    1. No se trata de crear nuevas instancias de control administrativo, sino cuerpos académicos con capacidad para incidir en las políticas y en las acciones de las autoridades que no tienen un programa claro y actúan en buena medida con toda discrecionalidad. Se trata pues de recuperar las directivas académicas, frente a los criterios administrativos u otros peores.
    2. Quienes trabajamos en dependencias cuya organización académica está bien definida posiblemente no requerimos de nuevas instancias de discusión y decisión, pero no es lo mismo para los compañeros que se encuentran en centros regionales y en otras dependencias que no tienen reglamento interno ni toman decisiones colectivas. Además el INAH en general sí requiere una orientación sobre las tareas derivadas de la investigación científica que desarrolla en todos los ámbitos de su competencia. Si bien el INAH ha producido una gran cantidad de publicaciones de calidad, de lo que se trata es de que produzca más y mejor, además de que se garanticen las condiciones para que se siga desarrollando la investigación básica en las mejores condiciones posibles.
    3. Inútil argumentar sobre el modo en que un etnohistoriador combina en su trabajo los enfoques y métodos de distintas disciplinas, pero, quiero comentar que somos varios los egresados de carreras antropológicas, realizando investigaciones relativas al “desarrollo, características y desaparición de los pueblos”, incluso indígenas, y que se nos reconoce como académicos en historia.
    4. Ahora bien, sin negar las diferencias, nos pareció de un mínimo de decencia que si impulsábamos el proyecto para la creación de una “academia de historia”, era importante invitar a la discusión a los compañeros que trabajan en un área tan afín a nuestro trabajo, como lo es la etnohistoria. Como explicamos recientemente en una reunión que tuvimos en la Dirección de Etnohistoria, en cualquier caso, si se decidiera la creación de las academias, la pertenencia a cada una de ellas no puede ser obligatoria y necesariamente es opcional para aquellos que trabajan en ámbitos limítrofes. Por otra parte, si los compañeros que realizan etnohistoria desean y logran constituir su propia academia, creo que a nosotros no nos queda sino recibirlo con beneplácito.
    Me parece que el tema central a discutir en este contexto es si conviene o no la creación de “academias”. En lo particular desde el V Congreso de Investigadores del INAH de octubre del año pasado, me pronuncié a favor de la formación de las “academias”, pues es un modo para lograr que sean los académicos de base quienes, en reconocimiento de sus capacidades para generar conocimientos científicos en distintas especialidades, nombren a los integrantes de los Consejos previstos en la Ley Orgánica. Estoy de acuerdo con Hugo García Valencia en que no podemos separar esta discusión del Reglamento de la Ley Orgánica, pero justo por ello, la formación de academias nos permitiría acceder a una nueva etapa para la normatividad de los Consejos.
    Todos estamos de acuerdo en que si el INAH ha alcanzado un prestigio y reconocimiento a nivel de la sociedad nacional, esto ha sido gracias a la investigación científica que realiza y que se expresan directa o indirectamente en zonas arqueológicas, museos, publicaciones y otras formas de divulgación del conocimiento. Así, los funcionarios de la SEP o Presidencia, no podrán negar que tengamos formas de representación asociadas a las ciencias que practicamos: antropología social, arqueología, antropología física, lingüística, etnohistoria e historia. Aunque estamos conscientes que los límites entre esas formas de conocimiento son imprecisos, finalmente el reconocimiento de las especialidades nos permitirá sentar las bases para construir el edificio de cuerpos colegiados que es indispensable para contrarrestar la incapacidad endémica de la estructura de funcionarios designados desde arriba.
    Hasta el momento no se ha hecho otra propuesta que pueda engarzar la solución de problemas inmediatos que atoran muchas investigaciones, con la ya demasiado larga discusión sobre la reglamentación de la Ley Orgánica.
    Cuauhtémoc Velasco Ávila
    México D.F., a 20 de noviembre de 2010

  2. Rafael Sandoval Alvarez noviembre 30, 2010 at 9:50 pm

    Compañeros van algunas ideas para pensarnos como sujetos no fragmentados por la fragmentación disciplinar institucionalizada.

    La necesidad de estar organizados académicamente implica pensarnos como trabajadores investigadores en común. La academia, si academicista se piensa niega al sujeto de la investigación a través de la institucionalización y se pierde la imaginación radical que es la fuente de la creación en nuestro trabajo.
    La necesidad de rearticularnos, en la perspectiva de echar abajo aquella vieja imposición de los mercaderes de fragmentar en disciplinas el saber sobre el sujeto humano, cuando este no es una fragmentación de su ser bio-psico-social, implica pensar el conocimiento como socialmente construido.
    La necesidad de organizarnos en función de las dos premisas anteriores implica pensarnos en una sola academia y en una sola organización como investigadores. Más aún, pensarnos como trabajadores de la educación y la cultura, en tanto productores de conocimiento y trasmisores del mismo, por supuesto, no como productores individuales sino como un flujo social del hacer científico, implica no fragmentar en disciplinas el conocimiento sino en función de problemáticas que, en última instancia, están articuladas con otras problemáticas.
    Lo anterior significa que no debiéramos fragmentarnos por disciplinas, no debiéramos fragmentarnos por entidades, no debiéramos fragmentarnos en función de nada, no debiéramos permitir una estructura burocrática ni jerárquica, que son dos condiciones para fragmentarnos y negarnos como sujetos autónomos.
    La necesidad de ser sujetos con proyecto de autonomía implica otras cuestiones: pensar hacia un horizonte histórico y político emancipatorio; Pensar desde la perspectiva de un proyecto de autonomía como trabajadores investigadores; pensar para crear conocimiento socialmente pertinente y políticamente consecuente con las necesidades humanas, es decir, contra la dominación, la opresión y la explotación, de la humanidad y la naturaleza.
    Traducido al campo de la investigación y la trasmisión de los saberes, se trata de pensar desde una perspectiva epistémica y teórica transdiciplinar; Pensémonos éticamente, políticamente y epistémicamente consecuentes, como sujetos responsables de producir en común y desde la perspectiva de los sujetos de estudio y no sobre ellos. Con la libertad de hacer hasta donde no violentemos la libertad y la necesidad de los otros. Esto es necesario decirlo atendiendo la situación de extrema hipocresía y farsa respecto de la libertad, la democracia y justicia en todos los ámbitos.
    Estas son algunas ideas, muy generales, que habrá que desplegar en la reunión nacional, junto con otras que nos permitan hacer una ruptura con las viejas formas de hacer política que facilita el control de Estado que la clase política opera como buenos burócratas en función de autoridades institucionales.
    Saludos
    Rafael Sandoval Álvarez Centro inah Jalisco

  3. ¿NECESITAMOS UNA “ACADEMIA”?

    Tras revisar la breve polémica acerca de la creación de una “academia”, como se ha propuesto que se le denomine, ningún argumento de los hasta ahora aducidos para justificarla —ni el conjunto de ellos— convence de su pertinencia a quienes se dedican a la investigación científica básica —una de las labores más importantes— en el INAH. El término es de verdad engañoso pues en su acepción más usada alude a una sociedad de artistas, literatos o científicos establecida con autoridad pública; a una reunión de éstos; o al edificio donde se reúnen. También puede entenderse como una junta o certamen, o bien, como un establecimiento de enseñanza. Como sea, la entidad que se ha propuesto crear con esa denominación podrá ser mejor definida una vez que sus promotores logren aclarar las funciones que desean que lleve a cabo.

    La esencia de la oposición de los antropólogos que se dedican a la investigación, es su desacuerdo con la manera como se quiere solucionar una serie de problemas. Ha sido un vicio en la vida sindical, que convendría suprimir, el que cada vez que se exponen dificultades en la vida interna de la institución, se propone crear una comisión, a veces permanente, o una dependencia administrativa que atienda esa problemática. Con tino, un colega ha argumentado, por ejemplo respecto del aislamiento de algunos investigadores en ciertos centros del INAH en provincia, que en vez de crear una “academia”, más pertinente sería un congreso específicamente científico que cada determinado tiempo reúna a los investigadores de todo el país. Otros podrían agregar que la creación tanto de una red electrónica como de una revista también electrónica en la Internet complementarían el enlace de todos los antropólogos (incluyendo antropólogos físicos, lingüistas, arqueólogos, etnólogos, etnohistoriadores y antropólogos sociales) y los historiadores. Por iniciativa propia, algunos colegas han creado seminarios interdisciplinarios e interinstitucionales de discusión académica donde han confluído investigadores especializados en temas específicos, por ejemplo la agricultura del maíz, sin necesidad de crear aparato administrativo alguno. En general, cada problemática puede ser atendida diseñando programas que usen los recursos humanos y materiales ya disponibles.

    Otros problemas, como la imposición de profesionistas no antropólogos ni historiadores como directores de los centros INAH puede ser combatida promoviendo el establecimiento de requisitos mínimos. Es decir, reformando las disposiciones legales ya existentes.

    Es de llamar la atención que, desde hace unos años, se ha propuesto que el portal en la Internet de la delegación sindical incluya una sección donde haga lo que los cuadros administrativos no hacen: difundir los artículos de los investigadores del INAH en la Internet. Sólo piénsese en la magnitud del hecho que significaría que cada uno de al menos 500 de ellos entregara un artículo para este portal: de golpe nuestro sindicato pondría en vergüenza a los portales oficiales del INAH en la Internet, amén del peso cultural que nuestra delegación adquiriría. Tal proposición ha sido ignorada, como lo han sido las iniciativas específicamente académicas, que son en las que reside nuestra fuerza esencial. En vez de ello, ahora unos compañeros proponen crear una “academias” por cada una de las disciplinas antropológicas y de la histórica, amén de sus respectivos consejos, estos últimos exigidos por la ley pero los primeros ideados por un sector de la comunidad de los profesores investigadores.
    Los estudiosos de la sociedad, la historia y la cultura, saben que la sociología de las instituciones muestra la tendencia innata de la burocracia a automultiplicarse sin límite, olvidando sus funciones originales. Eso dificulta cada vez más el trabajo de los científicos de carrera en la institución. Con toda razón, ellos temen que pronto se les impondrán más normas, reglamentos y requerimientos creados y exigidos por las citadas “academias” y consejos, que antes no existían y que son innecesarios. ¿En que consiste el proceso del trabajo científico y cuáles son las condiciones necesarias para llevarlo a cabo? ¿Cómo se escribe un libro que llegue a ser un modelo de interpretación y un ejemplo de virtuosismo intelectual y cómo propiciarlo? Preguntas como éstas son las pertinentes. Hay que partir del proceso del trabajo en vez de concebir de antemano el entramado burocrático como el único horizonte posible.

    Hay que confesar pesimismo. En el trasfondo de este debate está una rebatinga por el control: el sector político de la delegación, que es el que propone crear “academias” y consejos así como aumentar la normatividad, terminará imponiendo su voluntad al sector académico y científico que apenas tienen tiempo para salir al campo, para sumirse en los archivos, para consultar las bibliotecas y para escribir en su gabinete, como para ahora tener que organizar un frente para enfrentar esta nueva amenaza. Los miembros del segundo ya no son jóvenes, la mayoría ya son viejos o ha empezado a serlo, su tiempo se acorta. Sin embargo, sólo parece quedar la resistencia empecinada de quienes lo único que quieren hacer es hacer su trabajo.

  4. Ma. Eugenia Márquez enero 15, 2011 at 12:06 am

    Estoy completamente de acuerdo con Carlos García Mora en su correo del 12 de enero, 2011.
    En vez de academias, debemos plantearnos y exigir el cambio o complemento de aspectos en lo que es deficiente el INAH. Empezando con la falta de capacitación de TODO el personal, que, he observado, desconocen los objetivos y procedimientos de la institución; no existe un espíritu de identificación entre los distintos niveles.
    De acuerdo a la Ciencia de la Administración actual, son diversos los errores en los que deberíamos incidir para su omisión.